“… y como un destello cegador, una idea innundó sus ojos y los hizo empaparse de calma, de lágrimas de sal vieja…no podía morir. Era inmortal en cada beso, en cada noche y en cada llanto, porque haberlos visto crecer era su pasaporte a la eternidad, porque haber sido madre y haber creado almas desde calor de sus entrañas iba a mantener su presencia y su memoria todas las vidas que le nacieran de su vida. Ella no iba a morir esa noche. Ahora podía cerrar los ojos y rendirse, fundirse con la forma infinita de su esencia, ser recuerdo, mensaje y esperanza de AMOR eterno”
A las madres que ya no están…pero nunca se fueron.