Estamos a años luz de entender todo lo que nuestro cerebro puede conseguir. En nuestra cultura occidentalmente dormida ( aunque cada vez más curiosa, gracias al cielo), vivimos sin potenciar ni beneficiarnos de lo que “nuestra torre de control” puede hacer por nosotros.

Afortunadamente la ciencia avanza y parece que las neurociencias por fin tienen el protagonismo y la atención que se merecen.

Una pregunta:

¿CUÁNTO AGUANTAS SIN HACER PIS?

Si, si. ¿Cuánto puedes aguantar? Supongo que dependerá de lo que hayamos bebido, sudado, etc. El caso es que llega un punto en el que la vejiga necesita eliminar deshechos de manera urgente por una cuestión de capacidad, y nos lo hace saber con esa desagradable sensación. Es SU MANERA DE AVISARNOS de que debemos eliminar material TÓXICO.

Parece obvio. Un órgano que nos avisa de una necesidad inminente, y no hay forma de evitarlo. Un órgano que trabaja para nosotros.

Pues lo mismo sucede con el cerebro. ¡O parecido! ( Aclaración: no estamos diciendo que el cerebro funcione como la vejiga! es un ejemplo gráfico que nos sirve en los talleres para que no olvidéis lo que es “que se te escape inevitablemente una emoción” ;P )

La PACIENCIA viene a ser el recurso más rudimentario para “aguantarnos” las emociones.

Por muchos motivos ( culturales, educacionales, etc) estamos programados para “aguantar” emociones hasta que “explotamos”. Eso básicamente es la PACIENCIA mal entendida o practicada. Porque como el cerebro es un órgano perfecto, llega un punto en el que no admite más estrés, más “peligro”, y nos hace REACCIONAR ( que no actuar ) como lo que deberíamos hacer en toda situación de peligro: DEFENSA-ATAQUE. Bloqueo o ira.

Aunque… tenemos un mecanismo de gestión emocional, nuestro “cerebro racional” , que se encargaría de ello si hubiéramos entendido cómo se usa… ( Dato: no empieza a formarse hasta los 3 años. ¿Qué significa eso? Niños=Emoción Pura)

Como “máquina perfecta” nos avisa antes de ese punto en el que nos descontrolamos, nos agita la respiración, nos sonroja, nos tensa, nos hace apretar los dientes. Nos prepara para el ataque y es ahí, justo en el momento previo al ESTALLIDO en donde podríamos salvar la situación si nos conociésemos un poquito más. Es en ese momento en el que, si tuviéramos las herramientas adecuadas, podríamos evitar el derrumbe…

Si hubiéramos crecido pudiendo vivir y gestionar TODAS nuestras emociones, si hubiéramos ejercitado nuestros mecanismos de regulación, no sería necesario AGUANTAR.
Porque ahora mismo es como si nuestra torre de control tuviera sólo un botón: AGUANTA. Muy poco efectivo y arriesgado.

Si hubiéramos fortalecido nuestra inteligencia emocional con experiencias emocionales plenas, ahora seríamos capaces de sentir y fluir todas nuestras emociones sin dejarnos dominar por ellas, viviéndolas para fortalecernos y seguir desarrollando nuestro “órgano” emocional. Si no las hubiéramos reprimido nuestra torre de control tendría un cuadro de mandos que ya quisiera un avión…. Seríamos capaces también de identificar las “señales” de posible peligro emocional y utilizar estrategias efectivas para evitar el descontrol.

Nuestro cerebro, al “explotar” en realidad está intentando SOBREVIVIR a la situación y nos está avisando que de estamos desbordados de estrés. ( Si, “explotar” es humano, a tod@s nos pasa).

Por eso, cuando alguien dice que para EDUCAR hace falta PACIENCIA, cruzo los dedos para que le vaya bien, porque eso es inestable y depende totalmente de factores externos. Unos días aguantamos más, otros menos. Cansancio, hambre y demás necesidades fisiológicas básicas, problemas laborales, prisas, etc… No es un pilar seguro sobre el que asentar el ambiente familiar y nuestra cordura.

Aguantar no es la solución. El autoconocimiento, el autocuidado y ejercitar este “órgano” son fundamentales, porque sólo aguantando tampoco estaremos MODELANDO gestión emocional: por mucho que hablemos de ello, si nuestros hijos no “ven cómo se hace” no serán capaces de aprenderlo ( “Mamá está disgustada pero no grita ni se exalta, sólo dice: estoy muy disgustada”)

¿Sabes por qué debemos ejercitarlo? Porque los mecanismos de control emocional forman parte de estructuras cerebrales que se desarrollan y crecen en base a las experiencias emocionales vividas ( gran descubrimiento bastante reciente) por lo que la ecuación es simple:

A más experiencias emocionales vividas y superadas con éxito, más desarrollo en los mecanismos de regulación emocional. Es como un músculo que crece cuanto más lo usas.

¿¿¿Y qué hacemos con nuestros niños??? EVITARLES toda emoción cuando supera el límite de lo socialmente “correcto”. Hacemos, básicamente, lo que hemos aprendido de nuestra propia educación : “No llores”, “no me grites”, “no te pongas así”, “cállate ahora mismo”, “tranquilízate”, etc… No les permitimos que encuentren sus propios mecanismos de regulación, sólo les enseñamos a ANULAR.

La próxima vez que veamos a un niñ@ expresando sus emociones de manera “descontrolada”, intentemos no pensar que es un capricho o mala educación, simplemente es una forma de expresar una necesidad que es demasiado compleja para ellos, no tienen otro mecanismo para transmitirla.
Acompañemos ese momento con respeto y comprensión y aprovechemos la calma, en un momento de mayor receptividad, para ayudarle a entender qué ha pasado.
No pretendamos “educar” cuando su cerebro inmaduro está INNUNDADO de emociones que le dominan.
En ese momento no va a escucharte ni aprender….¿Tú eres capaz de hacerlo cuando pierdes los nervios?

Y respecto a nosotros, podríamos intentar ser activos y hacernos dueños de nuestras emociones, no dejar que la situación nos domine. Ser conscientes de nuestro potencial para lidiar con CUALQUIER situación, estamos preparados para ello. Sólo necesitamos practicar. El cerebro seguirá utilizando el recurso de la “desconexión”, de la pérdida de control, porque somos humanos y seguiremos desbordándonos…pero si ejercitamos y nos hacemos conscientes, no ocurrirá MUCHAS MENOS VECES.

Además, un dato fundamental: en los momentos de mayor descontrol, el cerebro en desarrollo de nuestros niños va a “copiar” nuestras emociones, va a utilizar sus NEURONAS ESPEJO ( encargadas del aprendizaje por imitación) para poder afrontar la situación, por lo que a mayor calma del adulto, más fácil y rápido se calmarán los niños. ( Ojo, nuestras neuronas espejo también funcionan muy bien, lo notaréis cuando estáis perfectamente calmados y los peques nos “contagian” con su intensidad).

Dejemos la “paciencia” para soportar situaciones que no nos “toquen” emocionalmente y enfrentémonos a lo que nos mueve de verdad ( la educación de nuestros hijos) con todos nuestros “super-poderes”, los tenemos!!

En resumen:

1.- Nuestro cerebro nos ofrece muchos más recursos que la simple PACIENCIA.
2.- La PACIENCIA no es solamente AGUANTAR, porque en algún momento no podremos contener todo ese estrés y explotaremos.
3.- Podemos ejercitar la forma en que vivimos nuestras emociones para que nos beneficien sin DOMINARNOS.
4.-Cuando perdemos el control, tanto niños como adultos, nuestro cerebro no está actuando de forma racional, sus funciones no están integradas y nos ponemos en modo “defensa-ataque” por lo que “educar” ahí, es inútil. Acompaña su “mal ratito” y busca otro momento de receptividad ( tanto suya como tuya) para hablar sobre lo que ha ocurrido.
5.- Nuestros hijos son pura emoción, sus mecanismos de control emocional no están aún desarrollados.
6.-Los niños “copian” las emociones y actitudes que les rodean como mecanismo de adaptación, revisa tus emociones si las de tus hijos te preocupan.
7.-No “AGUANTES”, antes de EXPLOTAR hazte dueñ@ de tus emociones y deja que fluyan de forma respetuosa : “Mamá/Papá se está poniendo nerviosa ¿Cómo podemos solucionar ésto?” ” Mamá/Papá se está enfadando, voy a beber agua y calmarme para seguir hablando de esto” MODELA inteligencia emocional!
8.- NO TE TORTURES SI OCURRE, si pierdes el control piensa que los ERRORES son oportunidades de aprendizaje. ¡Mañana saldrá mejor!
9.- Nunca te olvides de disfrutar, la sonrisa es MUY CONTAGIOSA y para ellos una señal de que todo va bien. Es su ANCLA.

María Soto