No me quejo.
De verdad que no.
Me ha tocado nacer en un sitio privilegiado, en una época cómoda y en un entorno seguro.
Puedo alimentar a mis hijos y darles un techo. Una educación. Tengo dos trabajos. Uno que me encanta y otro que me apasiona.
No puedo, ni debo, ni quiero quejarme.

Pero necesito compartir un dolor, una pena que está traspasado los límites de lo racionalmente concebible.

Lo estamos haciendo mal.
Muy mal.

Y la mayoría vamos tirando, pero a veces tu ser, tu condición de mamífero y tu propia esencia te dan una bofetada para que no te olvides de que el “bienestar” no es sinónimo del “bien hacer”.

Desde el minuto uno de mi reincorporación laboral he comenzado a sentirme mal.
Anímicamente genial, iba a trabajar encantada con mi nueva compañera y todos mis proyectos en una agenda super mona.
Los niños por la mañana con Papá, seguimos lactancia a demanda (salvo una toma de AC que coincide con mi horario laboral), todo perfecto.
Pero yo empiezo con mareillos.
Náuseas.
Que se convierten en desmayo.
Y lo peor…una sensación de VULNERABILIDAD e inseguridad tremenda.
Después llegó la presión el en pecho.
Si.
En el lado izquierdo.
Uf.
Esto debe ser ansiedad.
O angustia.
O pánico.
Como cuando Elena tenía 4 meses y fui un fin de semana a Madrid.

Y boom.
La espalda otra vez. Dolor de morfina.

Y estos granitos aquí?
Qué dibujo más raro hacen.

Si.

Herpes Zóster.

Lo peor es que la médico ni me mentó al bebé. Ni hablamos de baja. Ni de lactancia. Ni de hormonas. Ni de cómo se debe de sentir él por separarnos 7 horas al día si yo hasta me he puesto enferma.

Literalmente.

Repensemos, por favor, este estado de MALESTAR que nos obliga a hacer cosas que van en contra de nuestra propia naturaleza, que nos ha vuelto insesibles a la necesidad básica de proteger a nuestras crías indefensas.

Es urgente.

ms