​Su abuela, básicamente, calcetaba. Ya había hecho todo lo que se puede hacer en 73 años de vida y ahora se dedicaba a hacer bufandas de colores, chaquetitas con botones fantasía, gorros para cabecitas de recién nacido o cabezones de nieto adolescente.
Daba igual a qué hora fuera a visitarla, siempre la encontraba en su butaca verde, al lado de la ventana del salón…calcetando.
A veces había música clásica de fondo, y a veces un programa de radio de documentales de historia…

Su abuela casi ni la miraba…estaba concentrada, o perdida, o abducida por sus agujas…pero mágicamente conservaba una memoria prodigiosa y siempre recordaba todo lo que ella le contaba. Aunque rara vez decía nada. Cuando ella le hacía una pregunta generalmente, respondía con otra pregunta

“¿Tú que opinas, abuela? ¿Irías a la fiesta de Carla?”
“¿Tú quieres ir?””

Y cuando ella le contaba algo horrible, trágico o demasiado genial, su abuela dejaba las agujas en su regazo, se quitaba las gafas de cerca para mirarla con sus ojos grises, y le dedicaba una enorme y sincera sonrisa.

Y ya.

Porque su abuela ya había dicho y hecho todo lo que se puede hacer y decir en 73 años de vida…y ahora sólo calcetaba. O eso creía Mariana.

Hasta que pasaron los años, Mariana se casó y tuvo dos hijos. Montó una empresa y se convirtió en una mujer de éxito, o eso creían todos. Porque Mariana seguía yendo a casa de su abuela en busca de respuestas, desahogo y paz…una paz que sólo allí encontraba.

La abuela ya ni siquiera calcetaba. Ahora yacía en una cama, al lado de esa misma ventana de un salón reconvertido en habitación principal, con su música y su radio encendidas, con sus labores acompañándola en una cesta al lado de su mesilla, como si esperaran teniendo la esperanza de convertirse en bufanda algún día.

Y como un jueves, o un sábado cualquiera Mariana huyó con sus fantasmas a casa de su abuela, y se los presentó uno a uno, en forma de miedo a ser mala madre, de sospechas de un matrimonio al borde del abismo. En forma de queja constante por su mala suerte, por sus problemas de persona con éxito aparente pero sin una vida real, por sus lágrimas sin sal y sus fracasos de ron con hielo…

Y cuando estaba inmersa en su propio discurso de autocompadecimiento, entregada en su papel de víctima de sí misma…su abuela levantó su mano derecha en el aire, en un gesto solemne que le pedía que dejase de hablar.

Mariana, sin dar crédito a lo que veía, acercó su silla y sujetó la mano de su abuela entre las suyas, la besó y le dijo:

“¿Estás bien abuela? ¿Necesitas algo?”

“PARA QUE, nena…no estás viendo los PARA QUÉS..”

Y acomodándose la sábana sobre el pecho mientras suspiraba profundamente, comenzó a hablar como si fuera la primera y última vez que lo hacía….

” Recuerdo una vez, de camino al mercado, iba con mi madre a comprar fruta y se me rompió un zapato, por lo que tuvimos que alejarnos del sendero de piedras y atravesar la finca que rodeaba la iglesia. Yo estaba enfadada; tardaríamos el doble en llegar y las manzanas rojas ya se habrían acabado. Entonces, cuando estaba a punto de ponerme a llorar de rabia se cruzó en nuestro camino el guardés de la finca, que casualmente era primo segundo de mi madre, y sin mediar palabra, nos atacó…nos robó, nos hizo cosas horribles y nos amenazó con matarnos si lo contábamos…Fuimos a por la fruta igualmente, temblando, con la cabeza muy abajo para ocultar las lágrimas y las heridas..y con mi pie descalzo, insensible a las piedras del camino…Durante años me odié por aquello y creí ser odiada por mi madre, maldije a mi zapato, a mi mala suerte y a mi vida entera. Hasta que un día, creyendo que merecía lo que me había pasado, por débil, por descuidada, por ingenua…me dí cuenta de que jamás podría volver atrás y adivinar que mi zapato se rompería, o no tener los sentimientos y sensaciones que tuve mientras creía que lo peor que me pasaría aquel día sería ir descalza o perderme mis manzanas favoritas….NO. Todo aquello debía de servir para algo, todo ello debía de haber pasado PARA ALGO… me negué a darle poder a aquel canalla o a mi zapato roto, y desde aquel día, cada vez que algo que no entiendo o que no puedo controlar me sucede, lo acepto como una lección, como una pista de la vida para ver algo que por mi misma no soy capaz de valorar.

PARA QUÉ….piensa siempre en el PARA QUÉ de las cosas…y fluye. Es el movimiento lo que construye, no anclarse en un dolor o en un miedo…”

La abuela murió 4 días después, en PAZ, en calma. Con todos sus odios perdonados y sus miedos superados y Mariana, sintiendo sólo agradecimiento en las lágrimas más reales que había llorado nunca, entendió que ella le dejaba PARA QUE pudiera seguir sola.

Es la parte de la ecuación que se nos olvida siempre, la que nos ayuda a resolver realmente los obstáculos de la vida. Se nos escapan los motivos por los que pasamos por situaciones, buenas o malas, no conocemos todos los factores y generalmente nos hace caer en la culpa. Nos culpamos o culpamos a los demás.

Pensar en para qué nos pasan las cosas,nos ayuda a avanzar.
Enseñar a nuestros hij@s a entender un suspenso como la necesidad de estudiar de otra manera, no PORQUE no sea capaz o PORQUE su profesor le tenga manía, sino PARA QUE busque otra manera de estudiar…sería un gran avance.
Si fuéramos capaces de enfocar nuestra visión y la suya en lo que nos ofrece cada tropiezo de la vida o cada injusticia, viviríamos con menos odio, menos miedo y más agradecimiento.
No es fácil, es para crecer, y crecer muchas veces duele… porque la vida nos va a poner los baches que sean necesarios, nos va a hacer sentir ridículos, pequeños o solos…imprescindible para alcanzar eso que llaman plenitud. Eso tan raro e irreal, que mágicamente se esconde dentro de nosotr@s y que no vemos… eso que enterramos a toda costa por miedo a un sufrimiento imaginariamente magnificado, porque estamos convencidos de que “no podemos” hasta que lo hacemos…hasta que nos secamos las lágrimas y vemos que dolió, efectivamente, pero que ahora ya sabemos a qué sabe, cómo suena, cuánto pesa…

Piensa en PARA QUÉ estás aquí ahora…y fluye.

María Soto