El conflicto es necesariamente humano…

El miedo les bloqueaba. No dormían, no comían , no vivían. Todos les decían que sería mejor así, que terminar con su matrimonio era lo correcto después de años de peleas, tensión y despropósitos, de faltarse al respeto de todas las formas posibles. No sabían tenerse, así que no paraban de buscarse….Pero ella no paraba de sentir ese pánico previo a un salto al vacío y él anulaba involuntariamente el proceso de duelo con relleno hueco, con días de risas vacías y música demasiado alta.
“Esto debería hacerme sentir mejor, pero no… me quiero morir”
Todos les decían que era normal sentir miedo ante un cambio tan grande, incluso cierta humillación o vergüenza fruto del “fracaso” o el “qué dirán”…
Habían escuchado tantos ” te entiendo” que dudaban si alguien les estaba escuchando realmente…
Por más que intentaban entender una justificación a su decisión, no la encontraban, porque realmente no era una decisión, era una reacción rebotada del dolor acumulado. De un doctorado en peleas con mención de honor.
No eran ellos quienes se alejaban, no era su voluntad. Habían perdido el control de su vida. La relación estaba arrasada.
Conocían casos en los que una separación era una solución real, la alternativa razonable y madura. Pero ella no podía entender que, si todo había sido un error, por qué tenían dos hijos maravillosos, por qué habían superado todas las dificultades juntos, se resistía a rendirse… y a él la idea de romper la familia que siempre había soñado le ponía literalmente enfermo.
“Nunca había estado tan perdido de mi mismo, no me reconozco”

Ojalá alguien les hubiera enseñado a disentir sin enfrentarse, a escuchar sin querer convencer, a mirar más allá de su ego, ojalá no hubieran perdido el tiempo en aprender a ajustarse, en entender que la convivencia es un baile, ojalá ya lo hubieran traído cada uno en su maleta….
Pero no, ellos jamás había podido discutir a gusto y aprender con eso que la única solución es la cooperación, jamás habían podido experimentar la sensación de autocontrol. Practicar en terreno seguro a manejar el potro salvaje del ego, que a todos nos tumba mil y una veces.
Ellos aterrizaron en su amor con toda su luz y todas sus sombras sin saber que la oscuridad sirve para darse caricias, y no para proyectar miedos, ira y cansancio en el otro.
La intensidad del amor era proporcional a la intensidad del dolor, les faltaron los filtros de color, les falto entender que un ataque es una súplica de cariño, que un te necesito a veces se grita en un portazo…
Y cuando estaban a punto de desconectar la única fibra que los unía, en su máxima fragilidad dejaron entrar el último rayo de luz del año y dejaron caer todos sus muros…como una revelación lo vieron todo claro, se salvaron al entender que un “te quiero” atragantado es peor que una gripe mala, porque te enferma el alma…Habían superado juntos una fase infantil inacabada…se miraron y llorando de risa, de besos, de vida, entendieron que por fin habían aprendido a pelearse, a discutir con toda el alma cogidos de la mano, sin ganas de ganar, con urgencia de solucionar…Y hoy recuerdan años después de su apocalipsis particular que sólo aprendiendo juntos a llorar se puede recorrer una vida en común sin miedo a fracasar.

Esta es la historia real de una pareja que se reconcilió en las puertas del juzgado, que justo a tiempo entendieron que un matrimonio sano es aquel que disiente, que crece de las adversidades, que se motiva a avanzar, se dieron cuenta de que juntos eran inseparables si la energía que perdían en no saber quererse la empleaban en pelear consigo mismos, y no entre ellos.

Habían crecido en una época en la que pelearte con tus hermanos estaba prohibido, en la que Mamá o Papá intervenían al segundo, al más mínimo roce. Con toda su buena intención evitaban por todos los medios que cualquier pequeño encontronazo pasase de ahí, y decidían por sus hijos la mejor solución para el momento en cuestión.

La familia es la primera sociedad de los niños, y los hermanos sus primeros compañeros de viaje. Desde su inmadurez y su inexperiencia deben aprender a relacionarse por si mismos, y esto incluye la discusión y la pelea, el roce, el enfado la ira y los momentos de juego, de risa y de complicidad. Cuando no aprendemos a solucionar un problema con un hermano crecemos en rencor, en temas no resueltos, no APRENDEMOS A QUERER a quien nos ha dañado, a entender que el amor o el cariño no se rompe con una discusión, sino que ha de salir reforzado.
Nuestros hermanos son nuestros compañeros de laboratorio social, en el que algunos días nos toca ser víctima y otros verdugo, en el que aprendemos las ventajas de ceder o los inconvenientes de querer ganar siempre.
Si los adultos interrumpimos ese proceso IMPRESCINDIBLE para la socialización sana y productiva, les estaremos privando de todos los recursos para superar “obstáculos sociales”.

Si en vez de ser jueces o policias nos limitáramos a decir cuando acuden a nosotros en una discusión “Son cosas vuestras, estoy convencida de que podéis encontrar juntos una solución”…ES MAGIA.
La motivación y el empoderamiento les empuja a superar el mal momento, en vez de enquistarse en el bache de buscar nuestra atención, aprobación o de querer “ganar siempre”.

El día de mañana, si deciden tener pareja, lo van a tener extremadamente difícil para desarrollar una convivencia sana si no aprenden a respetar desde pequeños, si no han experimentado y creado sus propias herramientas de resolución de conflictos.

En otras situaciones, cuando el conflicto haya pasado podemos darles ideas o hablar sobre ello, pero la pelea es suya, es su momento, su aprendizaje. Y es MARAVILLOSO comprobar con el paso del tiempo, cómo son incapaces de herirse, cómo desarrollan la empatía, como se buscan para pedirse perdón sincero, como se mueren de vergüenza al darse un beso que les sale desde muy dentro, privado, sólo suyo, sin que nadie les obligue, movidos por su amor fraterno.

La única justificación para intervenir es su seguridad, que no se hagan daño, más allá de eso, estamos de más.

Haz la prueba, CONFÍA en que tus hijos aprenderán a quererse sólo si pueden entenderse, soportarse, aceptarse y respetarse. Porque el AMOR, en todo su espectro de matices, es una decisión…y están aprendiéndolo AHORA.

María Soto