Y por fin llegaron…
Los te odios, las lágrimas a borbotones y la fiebre de rabia.
Se desbordó el dolor de la traición y me llamó a gritos de​ pena​.
Eran las 12 de la noche y comencé a escuchar un llanto muy bajito, luego gemidos y después una orquesta de gritos y golpes dignos de una película de terror.
Fui corriendo y me lo encontré sentado en la cama con los ojos en blanco, esperándome…y a mi se me erizó hasta el aura.
​-​Cielo,estás despierto.
​-​Tú qué crees
​-​Qué te pasa?
​-​Que te odio, te odiooooooooo

Sentí su dolor como algo palpable, como el aire que exhalaba o el sudor que le perlaba la frente. Llenaba la habitación.

Me acerque a él y tocándole la cara comprobé que su temperatura había subido.

​-​Estás enfadado conmigo porque Yago….

No hizo falta nada más, se deshizo en llanto, pero de ese que te hace llorar hacia dentro, silencioso y mirando al suelo. Mezcla de desamparo, soledad y humillación.

Me quedé bloqueada. Quería abrazarle fuerte, decirle cuánto le quería, explicarle muchas cosas. Quería llorar con él, muchísimo.
Pero no lo hice. Era su momento, su herida abierta. Era su hemorragia emocional y tenía que limpiar y dejarse sangrar.

Le agarré las dos manos que me apartaban empujándome hacia atrás y cuando pude apretar un “estoy aquí” en un código de silencio improvisado, apoyó su frente en mi pecho y ahí entendí un abrázame fuerte. Y le cogí en brazos y le coloqué corazón con corazón repitiendo “lo siento, de verdad, lo siento ” durante mucho rato. Tanto que su respiración cambió y se dejó dormir en mi ​h​ombro.

Lo sentí tanto…nuestro vínculo sagrado se había deshilachado un poco. La persona que me había enseñado a ser madre se sentía traicionada, apartada. Lo sentí como nunca nada antes…y lo peor es la certeza de que saber que hiciera lo que hiciese y haga lo que haga a partir de ahora, esa pena tiene que ser, y será tan honda como necesaria, es dolor de crecer, de estar vivo y “subir de nivel”….es dolor de verdad y ni puedo ni debo evitarlo.

​-​”Solo tenías que tener un bebé, sólo a mi” me dijo con los dientes apretados.
​-​Pensé que dormías
​-​Por qué quieres más bebés, porque yo no soy todo para ti, por qué más?

Me costaba hablar, ahí sí que me estaba ahogando.

Pensé en coger 5 velas y volver a contarle el cuento de Jane, pero le sujeté la cara y le dije:

​-​¿Cuál es tu número favorito?
​-​Ninguno!
​-​El mío es el 28…

Mi miró desafiante entre un te odio y un no dejes de hablar.

​-​Todos los días de 28 son fiesta, todo lo que tenga 28 es especial. El 28 el número más importante de mi vida…
¿Sabes por qué? Porque un día 28 cambiaste nuestro universo y si tenemos que recordar una fecha de nuestra vida, será siempre esa.
Porque nos hiciste papás, y gracias a ti, después pudieron venir Elena y Yago.
Tú empezaste está locura y nos enseñaste a querer bonito.
Eso nadie más puede hacerlo.
​N​o quiero a nadie como a ti, aunque tenga 100 bebés, no hay otro Antón.
Nada más verte dijimos “Ey! Si nos salen así los bebés, podremos tener más!” Porque eras mucho mejor de lo que esperábamos.
Cuando estabas en mi barriga te imaginaba feliz, pero no sabía que fueras felicidad.
Te imaginaba escucha​ndo mis canciones favoritas y ahora eres la música en nuestra vida.
E​s normal que te sientas así​, es normal que te enfades conmigo y tengas ganas de llorar. Está bien. Todo está bien.

​Levantó la cabeza y me miró desafiante, arrugando la nariz para evitar que le salieran más lágrimas gruñó un “¿me perdonas?​”, que antes de salir del todo de su boca, ya se había convertido en un llanto desconsolado. Compartido. Los dos despidiendo los recuerdos de una etapa solo nuestra. Los dos perdonándonos por querernos demasiado. Los dos proponiéndonos aprenderlo todo de nuevo. “Nada que perdonar, cielo, nada que perdonar…”

Después de un rato abrazados me dijo que quería dormir…
-Antón, ey, una cosa… ( intentando hacerle reír)…
-Qué…
-Entonces, devolvemos a Yago?
-Nooooooooooooooooooooooo!!! Estás loca!??

Y ahí entre lagrimas y carcajadas de aceptación nos fuimos a la cama grande a pedirle a Yago y a Papá un sitito donde acurrucarnos…

María Soto